8 dic. 2018

"Hate Eternal vuelve con un disco que, sin re-interpretar el estilo, extiende su legado y lo consolida como lo que es: death metal del más directo"-




  • Genre(s):
  • Death Metal
  • Release Date:
  • 26 / Oct / 2018
  • For Fans Of:
  • Hour of Penance, Malevolent Creation, Krisiun
  • Links:
“Mejor tarde que nunca”, dice aquel adagio popular. Pues bien, el pasado 26 de octubre vio a la luz el nuevo hijo de Erik Rutan: Upon Desolate Sands, de su proyecto Hate Eternal. Hoy, con un poco más de un mes de tardanza, me tomo la molestia de debutar en RTMB con éste, el séptimo trabajo de esta banda norteamericana de death metal. Pese a la “tardanza”, creo que aunque escribiera esta reseña en el año 2030, diría exactamente lo mismo que voy a decir a continuación: un verdadero disco de death metal en toda la extensión y profundidad del término. Pero antes de entrar de lleno en este martillazo en el cráneo, permítanme hacer una breve contextualización al grupo y a su “mastermind”: Erik Rutan.

Surgido de las entrañas de Morbid Angel, el señor Rutan deja dicho grupo después de haber colaborado con ellos en dos trabajos (Domination y Gateways to Annihilation) para dar nacimiento, por un lado, a Hate Eternal, y, por otro lado, a su paralela y fructífera carrera como productor musical. Al tiempo que producía trabajos para bandas como Cannibal Corpse, los mismos Morbid Angel, Krisiun, Belphegor, Ephel Duath, y un largo etcétera, mantenía en vigencia, también, a su propia banda, con quien debutaba en el año 1999 con el álbum Conquering the Throne, seguido de otros cinco trabajos hasta llegar al que nos ocupa en esta ocasión. ¿En qué consiste este disco y que tiene de particular, a mi juicio, respecto a discos anteriores? Veamos.


Upon Desolate Sands nos ofrece todo lo que el estilo de Hate Eternal en particular, y el death metal en general, nos puede ofrecer: furiosos riffs, una batería demencial y unas vocales llenas de odio y poder. Ahora bien, si hilamos más fino el álbum nos revela todos los pormenores que lo convierten en una obra majestuosa.

En el disco encontramos un sonido y una atmósfera disonante pero directa; ni muy etérea ni muy limpia; ni toscamente empantanada ni excesivamente pulida. El álbum se presenta entonces en un “punto medio” que, antes que dejarte a medias, más bien te lanza sin concesiones a un mundo en el que se condesan todos los elementos fundamentales que un disco de death metal te puede entregar. Así, nos topamos con una masa de riffs que, siendo muy técnicos, no se atascan en un sinfín de notas que lo lleven a la saturación, sino que se presentan con un sentido más directo, intrincado, denso y brutal, pero sin llegar a los excesos a los que algunas bandas suelen llegar.

Tenemos así el alma del disco, pero, ¿qué hay del cuerpo? Pues el cuerpo es constituido por una base rítmica cortesía del inquieto y prolífico Hannes Grossmann (Alkaloid, Blotted Science, ex Necrophagist, ex Obscura), el cual nos brinda el máximo despliegue de su casi inhumana técnica manifestada en su infame manejo del doble bombo, sus frenéticos blast beats por doquier, y sus quirúrgicos y precisos redobles, pero, a su vez, nos entrega momentos en los que el sentimiento más “groove” se hace presente. Y es precisamente aquí donde destaca uno de los elementos más peculiares del disco, y por lo que se convierte, a mi juicio, en algo muy singular respecto al total de la discografía de la banda. Si bien en él están servidos todos los elementos más feroces y brutales característicos de la música de Hate Eternal, en Upon Desolate Sands se realzan con derecho propio fragmentos en los que el trabajo permite al escucha ahondar en pasajes más tranquilos y a medio paso, dándole así un respiro a la intensidad casi animal de la totalidad del disco. Así por ejemplo, en canciones como “Nothingness of Being” o “Upon Desolate Sands”, nos topamos con pequeños pasajes en los que, en virtud de sus ritmos más “groovys” y acompasados, el headbanging se vuelve una necesidad imperiosa.


En “All Hope Destroyed”, por su parte, podemos encontrarnos en un momento con un ataque en la guitarra y una base rítmica la cual nos lleva a pensar en cualquier buena banda de thrash. Y ya ni que decir de la melancólica y etérea “For Whom We Have Lost”, canción con la que se cierra el disco. En definitiva, todos estos sutiles adornos, poco característicos de la banda, pero nada despreciables, le brindan un dinamismo y una robustez al álbum que lo transforma en una de las obras cumbres de, por lo menos, el death metal lanzado este año, con todo y lo fructífero que ha sido.

En conclusión, Hate Eternal vuelve con un disco que, sin re-interpretar el estilo, extiende su legado y lo consolida como lo que es: death metal del más directo, sin muchas florituras, pero con un toque muy personal y con todos los recursos que el mismo género te puede ofrecer. Difícilmente te puedas llegar a topar con un disco que ejemplifique mejor el género como este disco lo puede hacer, pues constituye todo lo que el death metal ha sido, es, y, quizás, debe ser. Metal de la muerte para despertar hasta al más despistado amante de la música extrema.

9 / 10



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