20 may. 2018


Díganme obstinado, pero aquello de que la tercera es la vencida nunca me convenció del todo. No existe número de intentos correcto, en ocasiones una sola prueba es más que suficiente, en otras, ni siquiera diez bastan. En mi experiencia personal, sin embargo, me he condicionado a que la terquedad se manifiesta a partir de ese número. Desde hace más o menos una década la música de Steven Wilson, en cualquiera de sus presentaciones, me ha acompañado en casi todos los eventos importantes que he vivido desde entonces, si bien mi relación y empatía con él como figura pública se ha deteriorado desde hace unos cuatro años, sabía que no podía perderme otra oportunidad de verlo en vivo (la cuarta) para experimentar de primera mano todo aquello que deseé por tanto tiempo, hacer lo contrario habría sido engañarme a mí mismo de la misma forma que lo hice cuando visitó el país en su gira del 2016.

Para ese entonces, yo ya estaba cansado de todo el movimiento memero que se formó en torno a él a partir de que lanzó The Raven That Refused to Sing (And Other Stories) y de todos aquellos (viejos y nuevos) fanáticos que no lo bajaban de “rey del prog moderno”. Ser su fan de pronto implicaba formar parte de una comunidad tóxica con la que yo ya no me identificaba, este momento marcó mi distanciamiento con él y la polémica que levantaba, fuese su intención o no. El lanzamiento de To The Bone, por tanto, me pasó bastante desapercibido, no escuché el disco completo hasta después de unos meses por varias razones, una de ellas fue el miedo a decepcionarme por el cambio de estilo que las primeras muestras dejaron bien en claro, nunca me habría imaginado que a uno de los discos menos prolíficos de su carrera como solista le tendría que atribuir el haberme regresado la emoción de pensarme enfrente suyo.

En 2017 vino a darle en la madre a todos los que lo juraban como el prog hecho persona (bueno, por lo menos a una gran parte de ellos), se trató de la dosis de realidad que muchos necesitamos. Era Wilson diciéndole a todos que justo en su mayor momento de popularidad él no estaba para dar complacencias gratuitas y que aceptaba los riesgos que esto conlleva. To The Bone sigue ocupando un lugar muy bajo en su discografía, pero con toda sinceridad puedo decir que me he purgado de la apatía que sentía. No es un disco de pop como se suele ver en la red, y tampoco uno carente de rock progresivo, es el puente entre el uno y el otro, con cimientos sólidos y temas memorables.

Pues bien, una vez terminado Truth, filme corto con que ha comenzado cada show, salieron puntualmente al escenario Steven Wilson, Nick Beggs (bajo, Chapman stick), Adam Holzman (teclados, sintetizadores), Alex Hutchings (guitarra) y Craig Blundell (percusiones). Abriendo con “Nowhere Now” los chiflidos y los gritos cesaron casi de inmediato, de pronto todos nos encontrábamos como petrificados en el teatro, poniendo atención a cada detalle. Desde ahora debo decir que la gente en cabina hizo un gran trabajo con el sonido y las luces, si bien hubo pequeños problemas con la ecualización al principio, se corrigieron en cuestión de nada, a partir de allí no hubo nada que interfiriera con la experiencia audiovisual (salvo por aquellas personas que lamentablemente no saben cuándo guardar silencio).

En el transcurso de ese día discutíamos sobre cuál sería el setlist de la noche, que, si bien se ha mantenido constante a lo largo del tour, presentaba pequeñas variaciones entre show y show, específicamente los covers de Porcupine Tree y canciones del Wilson solista de Hand. Cannot. Erase. para abajo. Entre juegos y bromas, les contaba a mis amigos que tenía la esperanza de que tocaran algún tema de Insurgentes por estar en México, lamentablemente y sin sorpresa alguna eso no pasó, no obstante, disfrutamos de un repertorio excelente. Las distintas canciones de Porcupine Tree, de álbumes como Fear of A Blank Planet, In Absentia, Deadwing y Stupid Dream, son quizá el mayor atractivo de esta gira, una decisión que de principio interpreté como medida de contingencia para la venta de boletos, pues apuntaba al sector más nostálgico de sus seguidores, sin embargo, en meses previos he visto un montón de personas que legítimamente se interesaban más en escuchar temas como “The Same Asylum As Before”, “Detonation”, “Song Of I” o cualquier otro de To The Bone. El teatro, casi lleno en su totalidad, fue hogar por casi tres horas para los sedientos de riffs filosos y elaborados momentos de fulgor, como para quienes iban por esa mescolanza de nostalgia, remordimiento y desaprobación, así como para quienes iban por el lado más amable del señor; eso sí, no hubo ni una sola persona que no haya bailado, llorado y reído en el orden que les haya tocado. La presencia de Ninet Tayeb se hizo extrañar, y por lo que publicó recientemente en su cuenta de Instagram, parece que se despide de SW, al menos por lo que resta de esta gira; en su lugar tuvimos una proyección en cortina junto con su voz para “Pariah”.



La profesionalidad se mantuvo de principio a fin, y salvo algunos comentarios que hicieron como alivio cómico (a veces más bien con rizas forzadas) que en nada afectaron a la música, quedé muy satisfecho con la calidad de la producción y el setlist. Sí, mi relación con Steven Wilson no será como lo era en 2008-2013, pero esta sensación de reconciliación es algo que agradezco muchísimo, su cariño a México es muy peculiar, y eso se refleja en el empeño que ha puesto en visitarnos continuamente. Seguramente muchos se sentirán identificados con esta experiencia; ver a un artista en vivo siempre cambia las cosas, a veces para bien, otras no tanto, pero siempre propicia una permuta de perspectiva, que seguramente acarreará un redescubrimiento de su obra.

Fotografía cortesía de ACK Promote/Leslie Del Moral Photography // Alan Cabral en la nota.


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