25 feb. 2018

«Stefan Wesołowski y Piotr Kaliński (Hatti Vatti) reproducen la etereidad y la estética de la naturaleza, desfigurándola lo suficiente para que se muestre como una forastera, pero...»



  • Genre(s):
  • Electronic | Ambient | Drone | Experimental
  • Release Date:
  • 2 / Mar / 2018
  • For Fans Of:
  • Jóhann Jóhannsson, Helios, Eluvium, Library Tapes
  • Links:
Hablar sobre discos como este es una tarea que siempre se siente como un desafío, no por tratarse de música electrónica, sino por el eclecticismo inherente a la obra como tal. Vamos, ya el nombre contiene una carga cultural enorme. Nanook of the North es considerado (la mayoría de las ocasiones) como el primer filme documental de la historia, y escribo “la mayoría” debido a que añade elementos ajenos al método fílmico-documental vigente en la actualidad. Robert J. Flaherty, el director, añade compendios clásicos de la ficción para mantener enganchada a la audiencia. La docuficción, género creado por él, somete al público a un argumento con grandes cantidades de realidad disfrazadas para el fácil consumo, tratando de no perder el objetivo fundamental de una producción de este estilo: compartir un mensaje sobre la realidad maquillándola lo suficiente para que el público se acerque a escuchar lo que tiene por decir. De la misma forma y en su afán de manifestarse, Stefan Wesołowski y Piotr Kaliński (Hatti Vatti), en las cuerdas y en los aparatos electrónicos respectivamente, reproducen la etereidad y la estética de la naturaleza, desfigurándola lo suficiente para que se muestre como una forastera, pero añadiendo parte de sí mismos para que el sentimiento de familiaridad no desaparezca.

¿Pero cuál es el mensaje de Nanook of the North, el dúo musical? Hablar de mensajes, objetivos y propósitos en música instrumental parece ser un bodrio, y una forma de charlatanear sobre algo que quiero que escuchen. Pero no solo es eso, creo que de verdad hay intenciones detrás de producciones como estas, porque son tan inteligentes que encuentro difícil un escenario en el que dos personas pasan decenas de horas componiendo y buscando el mejor resultado para la combinación de sus aptitudes, por muy opuestas que éstas lleguen a ser. Nanook Of The North es música ambiental que a veces roza con lo minimalista y que en otras más, roza con producciones de alto rigor como un soundtrack hecho por Hanz Zimmer. Cada uno de sus temas, como si se tratase justamente de un OST busca impregnar en nosotros una sensación-recuerdo para cada motivo, y durante poco menos de cincuenta minutos sentiremos como las gélidas tormentas de niebla de la Antártida, el Polo Norte o Islandia azotan nuestros ya entumecidos cuerpos, haciéndonos tiritar y contorsionarnos al punto de quiebre.


Como tema introductorio, una combinación de soft drone con injertos glitch se nos presenta en "Siulleq", que logra cautivar la atención una vez que aparecen dichos esquejes para finalizar con cánticos a capela, una gran discordancia con lo que se acaba de escuchar. "Tulleq" abre el apetito; acordes en el teclado abren la pista, lentamente dejando crecer a bullicios futuristas que serán el punto de soporte para las percusiones tribales neo-digitales que irán creciendo hasta llegar al clímax que es "Pinagjoq", pieza que nos remite al Jon Hopkins más fresco y maduro, con ese heavy-bass que con los audífonos correctos harán retumbar nuestros tímpanos con satisfacción. "Sisamaat" es un cambio abrupto de forma, instaura un ambiente otoñal lleno de suspenso y angustia que bien nos hace cerrar los ojos para tratar de obtener la mayor cantidad de estímulos como sea posible. “Tallimaat”, por su parte, es la derivación de las decisiones tomadas por el protagonista sin nombre de esta historia atemporal, haciendo explícito lo que sucede en su corazón a través de una melodía afligida que, conforme avanza, se pierde entre una niebla estática que la obliga a aumentar su ritmo para no quedar atrapada en el limbo.


“Afternat”, sin embargo, es la estrella del álbum, y tal vez el track más digerible, el bucle en el que nos sumerge raya con el IDM, por lo que cuando menos se espera se está moviendo la cabeza al compás de la música, listos para continuar una danza folclórica en un antro subterráneo en las calles de cualquier metrópolis. “Arfineq-aappaat” regresa al drone más sobrio y austero, una vorágine de ondas, como cientos de olas digitales golpeando un barco pesquero, nos azota constantemente, mientras nos aferramos a las notas disparadas por las teclas, como pedazos de madera aleatorios en la superficie del mar. En “Arfineq-pingajuat” violines afilados se meten en nuestro cerebro como una sirena potentísima que nos alerta del peligro inminente, un avión bombardero del que no podremos refugiarnos, dejando nada sino cenizas tras su paso. Una vez terminado el bombardeo, sin embargo, el ruido se va disipando y el fuego y el humo desaparecen, exponiendo un páramo desértico de lo que otrora sería una metrópoli industrializada. “Qulingiluuat”, como un soplido, es un cigarette break entre el tema más largo y tedioso y la clausura del disco, que es “Qulingat”, ominoso y desesperanzador, igual que un dios que crea paisajes naturales en cuestión de segundos para luego quemarlos por capricho.

No podría sugerir un estado anímico específico para escuchar este disco, pues éste de todos modos lo cambiará según sea necesario. Stefan Wesołowski y Piotr Kaliński, haciendo sus respectivos trabajos, apuestan por la conciliación de la música acústica y orgánica (pianos y violines) con la amplia gama de resonancias electrónicas, dos extremos (no opuestos) que cuando son fundidos bajo cierta frecuencia, consiguen convertirse en un soundtrack para la historia de la humanidad, como si se tratase de una purga entre dos personas que termina aprehendiendo a cualquiera que tenga contacto con su música y espectáculo; una catarsis colectiva que busca aprehender el entorno a través de métodos poco convencionales, con la búsqueda y experimentación de los sonidos de la naturaleza a través de sus propias herramientas.


8.5 / 10



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